
Hace ya tiempo que tanto desde el activismo político de la izquierda alternativa al margen de los partidos grandes, como tímidamente, desde los propios partidos, se exige mayor radicalidad democrática.
Hasta Santiago Carrillo en su último libro, habla de la necesidad de abandonar el “centralismo democrático”, ideado para tiempos de clandestinidad, para avanzar en la radicalidad democrática necesaria para propiciar la cultura de la participación colectiva en el espacio político.
Hoy las personas afiliadas a los partidos tienen pocas diferencias con las personas simpatizantes, quizás, en muchos casos la única, es que pagan una cuota.
Los partidos, por lo general, no son espacios en los que exista democracia interna real, por lo cual son herramientas que reproducen, cuando alcanzan el poder, maneras de gestionar poco democráticas y la participación de la ciudadanía entienden que es, como la de sus afiliados, mínima.
En la mayoría de los casos, las personas con sensibilidad social y con ganas de trabajar en la trasformación de nuestro mundo en otro más justo, más igualitario y más democrático, se implican en proyectos al margen de los partidos en los que sus opiniones cuentan y su esfuerzo es solicitado constantemente y los resultados se observan a veces en lo inmediato.
La falta de democracia interna dentro de los partidos es un grave defecto observado con preocupación y desde algunos espacios y colectivos ciudadanos activos se pretende, desde fuera, generar movimientos dentro de los partidos que les hagan cambiar de dinámica.
En los partidos veremos, que hoy es más importante luchar por alcanzar el poder interno que en las instituciones. Después, en su escala de valores, será más importante mantener ese poder y ampliarlo incluso perdiendo en el camino militancia por peleas intestinas en las propias filas, que utilizarlo para transformar la sociedad.
Eso se refleja en las instituciones en las que los partidos, juegan a intentar perpetuarse antes que a cumplir su cometido. Por eso, dar participación a las personas en la gestión de ese poder, democratizar la toma de decisiones, les supone un vértigo indescriptible.
Los espacios de renovación o de regeneración de la izquierda que surgen, en muchos casos tratan de modificar desde fuera esas conductas. Tratan de exigirles que se abran a la participación y a la opinión de la ciudadanía. En algunos casos lo consiguen, pero se tienen que dar algunas condiciones como:
Que las propuestas que planteen esos colectivos a los partidos no sean un saco de tópicos fácilmente rebatibles y desmontables por los aparatos de los partidos.
Que ese movimiento sea representativo socialmente como para que tenga una fuerza que sea reconocida por los que controlan realmente los partidos. Esa fuerza puede ser considerada por su cantidad, por su calidad o por ambas.
Que la reflexión y la acción de esos colectivos llegue a la opinión pública mediante los medios de comunicación y que la opinión pública se haga eco de ellos.
Recuerdo, por ejemplo, como las grandes organizaciones ecologistas suelen redactar decálogos que a veces son aceptados por importantes formaciones políticas para incluirlas en sus programas electorales e incluso a veces representantes de esas organizaciones fueron incluidos en listas electorales llegando a desempeñar responsabilidades en importantes cargos institucionales. Lo que no recuerdo son evaluaciones de cumplimiento de aquel decálogo aceptado ni tan siquiera por aquellos representantes provenientes del ecologismo.
A veces, esos espacios o colectivos que intentan democratizar las herramientas de participación y trasformación en las instituciones (los partidos) no son significativos, no están maduros, son oportunistas y tratan de imponer sus criterios sin el suficiente respaldo social, generando en los partidos, justo la reacción no deseada, esto es, el rechazo. Están abocados, por tanto, al fracaso y lo que es peor, a quemar una bala necesaria para ganar esta batalla.
Se necesitan estos espacios no solo en periodos preelectorales y se necesitan partidos que entiendan la importancia de estos colectivos de personas que desarrollan una importante labor intelectual y militante en los movimientos sociales. Debemos aprender, que estos movimientos sociales ya no son correas de transmisión de los partidos, sino a la inversa, son excelentes correas de transmisión de la sociedad hacia los partidos.
Hasta Santiago Carrillo en su último libro, habla de la necesidad de abandonar el “centralismo democrático”, ideado para tiempos de clandestinidad, para avanzar en la radicalidad democrática necesaria para propiciar la cultura de la participación colectiva en el espacio político.
Hoy las personas afiliadas a los partidos tienen pocas diferencias con las personas simpatizantes, quizás, en muchos casos la única, es que pagan una cuota.
Los partidos, por lo general, no son espacios en los que exista democracia interna real, por lo cual son herramientas que reproducen, cuando alcanzan el poder, maneras de gestionar poco democráticas y la participación de la ciudadanía entienden que es, como la de sus afiliados, mínima.
En la mayoría de los casos, las personas con sensibilidad social y con ganas de trabajar en la trasformación de nuestro mundo en otro más justo, más igualitario y más democrático, se implican en proyectos al margen de los partidos en los que sus opiniones cuentan y su esfuerzo es solicitado constantemente y los resultados se observan a veces en lo inmediato.
La falta de democracia interna dentro de los partidos es un grave defecto observado con preocupación y desde algunos espacios y colectivos ciudadanos activos se pretende, desde fuera, generar movimientos dentro de los partidos que les hagan cambiar de dinámica.
En los partidos veremos, que hoy es más importante luchar por alcanzar el poder interno que en las instituciones. Después, en su escala de valores, será más importante mantener ese poder y ampliarlo incluso perdiendo en el camino militancia por peleas intestinas en las propias filas, que utilizarlo para transformar la sociedad.
Eso se refleja en las instituciones en las que los partidos, juegan a intentar perpetuarse antes que a cumplir su cometido. Por eso, dar participación a las personas en la gestión de ese poder, democratizar la toma de decisiones, les supone un vértigo indescriptible.
Los espacios de renovación o de regeneración de la izquierda que surgen, en muchos casos tratan de modificar desde fuera esas conductas. Tratan de exigirles que se abran a la participación y a la opinión de la ciudadanía. En algunos casos lo consiguen, pero se tienen que dar algunas condiciones como:
Que las propuestas que planteen esos colectivos a los partidos no sean un saco de tópicos fácilmente rebatibles y desmontables por los aparatos de los partidos.
Que ese movimiento sea representativo socialmente como para que tenga una fuerza que sea reconocida por los que controlan realmente los partidos. Esa fuerza puede ser considerada por su cantidad, por su calidad o por ambas.
Que la reflexión y la acción de esos colectivos llegue a la opinión pública mediante los medios de comunicación y que la opinión pública se haga eco de ellos.
Recuerdo, por ejemplo, como las grandes organizaciones ecologistas suelen redactar decálogos que a veces son aceptados por importantes formaciones políticas para incluirlas en sus programas electorales e incluso a veces representantes de esas organizaciones fueron incluidos en listas electorales llegando a desempeñar responsabilidades en importantes cargos institucionales. Lo que no recuerdo son evaluaciones de cumplimiento de aquel decálogo aceptado ni tan siquiera por aquellos representantes provenientes del ecologismo.
A veces, esos espacios o colectivos que intentan democratizar las herramientas de participación y trasformación en las instituciones (los partidos) no son significativos, no están maduros, son oportunistas y tratan de imponer sus criterios sin el suficiente respaldo social, generando en los partidos, justo la reacción no deseada, esto es, el rechazo. Están abocados, por tanto, al fracaso y lo que es peor, a quemar una bala necesaria para ganar esta batalla.
Se necesitan estos espacios no solo en periodos preelectorales y se necesitan partidos que entiendan la importancia de estos colectivos de personas que desarrollan una importante labor intelectual y militante en los movimientos sociales. Debemos aprender, que estos movimientos sociales ya no son correas de transmisión de los partidos, sino a la inversa, son excelentes correas de transmisión de la sociedad hacia los partidos.
En San Sebastián de los Reyes, el ejemplo podría estar en el trabajo de las diferentes Plataformas Vecinales contra la M-50 (http://m50no.blogspot.com/), contra la implantación de parquímetros (http://parquimetrosno.org/), por la Defensa de la Escuela Pública (http://porlaescuelapublica.blogspot.com/) que tienen a los partidos de izquierdas como miembros colaboradores, y por tanto trabajando con vecinos y vecinas en temas que ellos han decidido como importantes. Algunos partidos lo hacen porque entendieron antes la necesidad de mejorar nuestra democracia, otros quizás lo hagan por puro rédito electoral. A estos habrá que ayudarles a que lo entiendan. Más vale tarde...
No es el tema de tu entrada, que daría para muchos más comentarios, pero en mi opinión el “centralismo democrático” es muy democrático si se hace bien ;-)
ResponderSuprimirEspero que no se entienda que estoy defendiendo un modelo político de participación puramente asambleario. Si creo en la representatividad, siempre que los representados tengan algo más que decir, aparte de una elección cada cuatro años, sea en el congreso del partido o en unas elecciones. También es cierto que muchas veces somos los representados los que pasamos de complicaciones.
ResponderSuprimirCreo que es más o menos evidente que los aparatos de partido han quedado desfasados como "colectivos representantes" de una serie de ideas o siquiera sentimientos, comunes a un perfil económico o ideológico de ciudadanía(eso llamado clase). Los partidos políticos, y más en concreto la izquierda, ha seguido anclada a esta idea del "aparato" como válido y legitimo catalizador de las propuesta de una clase hoy difuminada. Eso explica, a mi entende, la desconfianza general de la ciudadanía en los partidos políticos en general y en concreto de parte del bajón de los partidos de izquierda. Hoy es cuasi-vergonzosa la retórica y el lenguaje todavía utilizado en los "manuales de acción" redactados por los "mandos" de los partidos para su base, como si aquellos morasen en una especia de república de las ideas de vanguardia y tuvieran que "bajárselas" a los legos y profanos militantes de base. Creo que así funcionaba el espíritu santo, no un grupo que dice querer cambair la realidad.
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